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La sopa que encantó a mi padre

THE WASHINGTON POST, 28 DE MARZO DE 2013.

Durante años mi padre me habló de esta sopa, “La mejor sopa que he tomado en mi vida”, decía, antes de volver a contar la historia como si no la hubiéramos escuchado 400 veces. Recordaba cada detalle, desde los ingredientes de la sopa, la canción que estaba sonando de fondo (Simon & Garfunkel’s “El Cóndor Pasa”) a los libros que mi madre estaba leyendo cuando viajaban por el sur de España como recién casados (todos de Hemingway).

Era el año 1970. Juraba que era Málaga, la ciudad portuaria del Mediterráneo en la Costa del Sol de España. El nombre del restaurante en cuestión se le escapa ahora, solo recuerda que tuvieron que subir una montaña hasta un hotel de lujo “con una fantástica vista al Peñón de Gibraltar”

Él y mi madre, siendo jóvenes y casi sin dinero, tan solo podían permitirse el plato más barato del menú: una sopa simple pero elegante a base de crema de mariscos y jerez.

Ahora, es un hombre que se coloca mal las gafas varias veces al día y no sabe del todo bien cuándo es mi cumpleaños. Si una comida podía dejar tal impresión en una memoria poco fiable, decidí que tenía que probar por mí mismo.

Pero había una contradicción en el recuerdo de mi padre: Málaga está a 138 km de Gibraltar, ¿Estaba seguro de que era Málaga? ¿Podría haber sido Marbella, la ciudad de vacaciones en el otro lado del saliente de tierra  y más cercana a Gibraltar y quizás un destino turístico más probable en los años 70? No, fue Málaga, estaba seguro.

La misión comenzó

Estaba oscuro cuando llegué a Málaga, demasiado tarde para obtener una configuración del terreno. Me registré en mi pensión, una enorme y destartalada casa antigua, llevada por una encantadora y extravagante dueña. Mientras me habría paso entre las figuritas de gato de porcelana  y dos amenazantes armaduras montando guardia en el recibidor, le pregunté: “¿Hay una montaña aquí con un hotel en la cima?”

Su rostro se transformó en un signo de interrogación y yo traté de explicar mi misión en un imperfecto español: los recién casados, la larga caminata por la colina, la mejor sopa del mundo.

Una mirada de reconocimiento se mostró en su cara y ella empezó a hablar rápidamente en un acento andaluz en su mayoría indescifrable. Pero una cosa que dijo me llamó la atención: Gibralfaro.

¿Gibralfaro? Eso es casi como Gibraltar. ¿Podría ser que mi padre hubiese mezclado los nombres y, después de todo, yo estuviese en el lugar correcto, un paso más cerca de probar la legendaria sopa?

A la mañana siguiente me dirigí al Monte Gibralfaro, que se eleva por encima de la ciudad y está coronada por una fortaleza, un imponente castillo, al pie de las ruinas de un anfiteatro romano de 2.000 años de antigüedad y un palacio árabe llamado Alcazaba.

Málaga es una de las ciudades más antiguas del mundo, que data de al menos el siglo octavo antes de Cristo. La Alcazaba fue construida por los árabes en el sitio de un antiguo asentamiento fenicio para proteger a la ciudad cuando el Califato de Córdoba comenzó a derrumbarse en el siglo XI. Quinientos años después, las fortificaciones hicieron poco para proteger a Málaga del general Francisco Franco, cuyas fuerzas nacionalistas tomaron la ciudad durante la Guerra Civil española, matando a varios miles de civiles. Las estructuras sobrevivieron y hoy en día los turistas se maravillan de arcos de la Alcazaba, interiores de madera tallada y apacibles jardines.

Al ir ascendiendo desde la Alcazaba las empinadas cuevas que conducen a la montaña, no me sorprendió descubrir que, de hecho, no tenía vistas del Peñón de Gibraltar, solo una espectacular vista de la montañosa Costa del Sol y del concurrido puerto marítimo.

Me imaginé que la vista no era tan diferente de la que mis padres tuvieron en 1970, cuando las ciudades a lo largo de este tramo de costa se construyeron durante el auge del turismo en España. Torres de apartamentos de mediados del siglo 20 se alzaban sobre un puerto deportivo lleno de yates caros. Pude ver la plaza de toros de Málaga perfectamente redonda, como si hubieran dejado caer un cortador de galletas en el centro de la ciudad. Me preguntaba si este era el sitio de la corrida de toros que mi madre había insistido en que mi padre la llevara a ver durante el atardecer.

Mis padres eran probablemente el tipo de negocio que Franco iba buscando, cuando pretendiendo convertir la Costa del Sol en “la Florida de Europa”, amplió la inversión de España en los paradores, hoteles de propiedad del gobierno destinados a atraer el turismo a lugares de interés histórico. Hay uno en el interior de la Alhambra y otro en el castillo sobre Gibralfaro. El Parador de Málaga abrió sus puertas en 1948 y ahora cuenta con una fachada de piedra porticada, extensas vistas, una piscina y, lo que esperaba, la sopa que haría que todo este viaje valiera la pena.

El sabor del éxito

Sudoroso y sin aliento de la subida, me acerqué al hotel y sentado en una silla junto a una mesa al aire libre situada cerca del borde de un mirador. Cuando le eché un vistazo al menú, mi corazón dio un vuelco. La única sopa de la lista – un gazpacho – definitivamente no era la que mi padre le había contado durante todas estas décadas.

Cuando llegó la camarera, le expliqué mi situación: “Mi papá. . .hace 43 años…mejor sopa de su vida. . . con mariscos, crema y jerez “.

Antes de que pudiera terminar, ella asintió con la cabeza y dijo: “gazpachuelo malagueño.” Al parecer es un distintivo de la región y del hotel y se sirve normalmente tan solo en el lujoso comedor de arriba. Pero que iba a ver si podían hacer una excepción conmigo, vestido como estaba en pantalones vaqueros y zapatillas de deporte.

Quince minutos más tarde, dos camareros llegaron. Uno de ellos llevaba una campana de plata brillante, al destapar reveló un plato blanco de poca profundidad en la que había una almeja, un mejillón, un trozo de pescado, unos trozos de patata y una rodaja de pan. El otro camarero ofreció una sopera de plata a juego, de la que coló un caldo de color amarillo pálido, perfumado con el aroma a caramelo de vino de Jerez.

El Gazpachuelo malagueño es como una versión mediterránea de la crema de almejas, sólo que se sirve a temperatura ambiente. La primera cucharada fue…poco impresionante. Tuve la tentación de pedir un salero. Con cada cucharada, sin embargo, llegué a apreciar las sutilezas de sabor, la forma en que el delicado sabor salado del mejillón contrasta con la fécula de la patata, y lo perfectamente que el dulce y ácido jerez equilibraba el exquisito caldo. La cremosidad de la sopa, resulta que no procede de la crema en absoluto, sino de la mayonesa casera, que se añade al caldo de marisco con sumo cuidado para evitar que se corte.

Centrarse en los alimentos

Era una buena sopa, lo suficientemente buena que pedí la receta y he intentado hacer en casa varias veces. Pero lo que la hace la mejor sopa de la vida de mi padre probablemente tenía más que ver con ser joven y estar enamorado que con la sopa en sí. La comida era simplemente el catalizador que mantuvo la experiencia en su mente todos estos años.

Siempre ha sido así en mi familia, los recuerdos ligados a los alimentos. En realidad, nadie puede recordar si fuimos a la iglesia el día de Pascua, pero todo el mundo recuerda la cuba de color naranja brillante de queso de Schuler y la kielbasa que la abuela traía de la tienda de delicatessen polacos para servir en el brunch de Pascua. Recordar la cena de mi 30 cumpleaños es como mirar una fotografía: los rasgos de las personas sentadas a la mesa son algo borrosos, en cambio la cremosidad de la concha de peregrino chamuscada es perfectamente nítida.

A veces me preocupa que haya algo patológico en esto, y tal vez lo haya. Pero lo que importa es que su memoria da por hecho recuerdos inexactos o ilusiones que pudieron haber sido. Y una cosa tan simple como una sopa puede ser recordada y la recuerde y transmita como una reliquia.

Espero que en 40 años, siga hablándoles a mis hijos acerca de la mejor sopa que he tomado en mi vida, y la bonita vista que tenía el restaurante sobre el Peñón de Gibraltar.

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